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NOSOTROS, LOS HOMESCHOOLERS

Este es el libro que me hubiese gustado tener cuando empecé, uno que aporte información sólida, aunque no sea políticamente correcta.

Disponible en todas las tiendas Amazon. (12€ papel / 7,99 € kindle)

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SINOPSIS ¿Cómo hacen las familias que no llevan a los niños a la escuela para no volverse locas? ¿Qué les hace dar el paso a sacarlos del colegio o no llevarlos nunca? ¿Cómo logran salir adelante?

Durante siete años he ido obteniendo respuesta a esta y muchas otras preguntas a base de vivirlo en primera persona, pasar miles de horas en el parque con otras familias y participar activamente en la lucha legal por el fin de la persecución del homeschool.

Este es el libro que me hubiese gustado encontrar cuando empecé, uno que aclare cómo es el movimiento por dentro realmente, cuáles son nuestros debates morales internos, cómo nos apoyamos unos en otros para sobrevivir y mucho más.

Dado el creciente interés en “cómo” lo hacemos he querido plasmar también las principales cuestiones prácticas, no solo a nivel individual sino también grupal. De algún modo, la publicación de NOSOTROS, LOS HOMESCHOOLERS es un modesto intento de recoger la historia oral del colectivo, recopilando el mínimo imprescindible para conocer el mundo en el que vive un creciente número de familias que en España se está decantando por esta opción educativa.

INDEX

DE QUÉ TRATA Ante la avalancha de transformaciones profundas provocadas por ser padres, los dos únicos consejos que parece tener la sociedad son o bien “tranquila, que hay métodos” o bien “tú aguanta, que a los tres años entran en el cole”. Y si ninguna de estas dos recomendaciones te parecen bien ¿entonces qué? No hay casi nada en ese sentido, un desierto.

DE HECHO, MIENTO, sí que hay muchos libros sobre educación y crianza alternativa pero obvian puntos básicos y fundamentales. En primer lugar, la importancia del adulto, de sus expectativas y en especial de su capacidad de aprendizaje. En segundo lugar la importancia del grupo de socialización, en el que no solo los niños adquieren habilidades sociales sino donde los padres descargan, conectan y encuentran respuestas juntos. Hablar de homeschool y no hablar de los grupos de socialización para mí carece de sentido.

LOS MITOS. Ni todo es de color de rosa ni todo es tan complicado como parece desde fuera. Cualquiera que quiera puede hacerlo, no hace falta nada especial, pero eso no quiere decir que no requiera todo tu esfuerzo, concentración y capacidades. Es duro pero, ¿sabes qué? la vida en sí misma es dura. Y no pasa nada porque lo sea. Ante este hecho cierto y verdadero lo importante es estar preparado, saber cuáles son las reacciones típicas en el entorno, qué te vas a encontrar y cómo es probable que te sientas.

HAY PIEDRAS con las que multitud de familias homeschoolers nos hemos tropezado. No es necesario que tropieces con ellas tu también, o al menos no tan fuerte. Sin duda encontrarás otras en tu camino, no pasa nada, ocúpate de avisar a los que vengan detrás.

LAS LEYENDAS. Ni somos ricos, ni de una secta, ni genios, ni sobreprotectores. A la gente simple y llanamente le gusta hablar sin tener ni idea, soltar lo primero que les viene a la cabeza. Si quieres criticar el homeschool no hay problema, pero por favor, conoce a varias familias antes de hacerlo y ven a los debates mínimamente informado.

LAS RECETAS PARA EL HOMESCHOOL. No hay ninguna, pero sí que hay conceptos que creo son muy importantes a tener en cuenta. Más que nada para que la gente sea capaz de ordenar sus prioridades. En el homeschool, como en todo, hay una serie de leyes naturales que no puedes saltarte a la torera. Son como la ley de la gravedad. Primero hay que construir un ambiente de seguridad, después una buena comunicación y después si quieres entras con lo curricular. Cambiar el orden es el equivalente a poner el carro delante de los bueyes.

RESUMIENDO: Para empezar a hacer homeschool lo más importante es no perder la calma, estar tranquilo, saber qué es probable que pase y qué no es probable que pase, tener donde apoyarte. Hay errores que todos hemos cometido, situaciones que todos pensábamos que solo nos pasaban a nosotros, todo esto, si lo conoces, te ayuda a salir adelante.

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Internet y renovación pedagógica

HILLARY

Peleándome con mi móvil tuve una revelación importante: mejor acostúmbrate. No se cual era la app en cuestión, pero mi cabreo era el de siempre. ¿Ahora tengo que aprender a usar esto? Pues sí, había llegado el momento. Cómo suele ser habitual, lo hice a regañadientes y, como suele ser habitual también, una vez supe usarla mi vida se hizo más sencilla. Para eso la habían inventado al fin y al cabo.

Al final decidí rendirme, no iba a oponer más resistencia, al contrario. El mundo en el que tu aprendías algo antes de los 25 y te pasabas el resto de tu vida ejecutandolo forma parte del pasado. Ahora toca aprender ad eternum, y tu opinión al respecto importa bastante poco. Puedes por supuesto negarte, igual que puedes negarte a buscar algo en google e irte a la biblioteca nacional.

Con la educación de los niños pasa lo mismo. Este cambio de paradigma en el aprendizaje parece haber pasado desapercibido y se sigue intentando condensar todo en los primeros años, como si pudieses hacer todo el trabajo de golpe. Por más que busco no encuentro renovación pedagógica alguna en ese sentido. Lo máximo son los trabajos por grupos o el aprendizaje por intereses, pero en mi opinión estos métodos se celebran de manera exagerada. Que a principio del S.XX esas iniciativas fuesen revolucionarias es comprensible, que hoy se muestren como punteras, la verdad, no.

El acojonamiento escolar ante internet es bastante profundo, y con razón. Es complicado ponerle puertas al campo digital. Es binario, o das full access o gastas innumerables recursos en monitorizar el tráfico. Si haces lo primero, los alumnos corren libremente por el salvaje mundo digital. Si haces lo segundo, los alumnos olvidan todas las tareas asignadas y se concentran en maneras de saltarse las barreras impuestas para correr libremente por el salvaje mundo digital. Complicado.

¿Qué hacer? Lo primero es bajarnos del pedestal y admitir que la vamos a cagar. Estamos ante una realidad demasiado nueva como para saber cual es el camino correcto y solo podemos recurrir a la eterna prueba y ensayo. En otras palabras, nos toca aprender a educar con internet.

Lo primero que sugiero a quien quiera embarcarse en esta tarea es que coja el toro por los cuernos y, para empezar, se sumerja en lo que la no-presidenta de los EEUU llamó “los más oscuros rincones de Internet”. Uno de los pocos profesores que dejó una marca en mí solía decir que “para entender algo hay que irse al extremo”, vayamos pues a visitarlos.

Por una cuestión de decoro no diré cuales considero yo que son esos rincones. Tendrás que descubrirlos tú. Eso es, al fin y al cabo, un principio universal del aprendizaje, aprender haciendo. Una vez consideres que ya has visto suficiente puedes sentarte a reflexionar: habiendo lo que hay en la red, ¿cómo hago para que mis hijos no se hagan, ni causen, un daño irreparable?

Con esa cuestión resuelta, que imagino en esta etapa cada uno resolverá de manera personalizada, puedes olvidarte de levantar una enorme alambrada digital alrededor de tus hijos y concentrarte en dotarles de las herramientas útiles y necesarias para transitar por ese campo. Son cuestiones tanto tecnológicas, como psicológicas y emocionales. Tan necesario es saber usar una app determinada como saber ser inmune a un troll, tan importante es tener passwords fuertes como no cagarla en facebook.

La lista del mínimo imprescindible para ir por internet está tan vacía como la del mínimo imprescindible para ir por la vida. Lo máximo que uno encuentra son generalidades y grandes declaraciones de buenas intenciones, pero parece que nadie se haya tomado el asunto en serio. Veo que al final, nos tocará a nosotros hacer tanto lo uno como lo otro. En fin, por mí parte no hay problema.

Exámenes, un poquito de por favor

Hoy he estado con Stephen Harris, fundador del centro de innovación educativa SCIL, en Sydney, y que estos dias está visitando Barcelona en relación a un proyecto muy interesante.

En un momento de nuestra conversación ha surgido el tema de los exámenes y, movil en mano, me ha enseñado sus tuits recopilatorios de chuletas y kafkianas medidas preventivas.

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No tengo nada en contra de los exámenes, pero quizás con la llegada de internet deberíamos empezar a plantearnos algunas cosas.

Para empezar, me gustaría ver exámenes en los que esté permitido usar internet sin restricciones. ¿Os lo imagináis? Solo con que un alumno encontrase la respuesta correcta podría comunicarsela al resto. Esto supondría un reto enorme para el examinador. ¿Porqué?

El loable conceptro de adquirir hábitos ha ido confundiéndose paulatinamente con otra habilidad igualmente importante, la capacidad de memorización. Ambas herramientas son utilísimas pero al confundir una con la otra quedan las dos canceladas. Me explico:

Estudiar X, aprender sobre X o comprender X no significa memorizar X. Sin duda para adentrarnos en el conocimiento de X deberemos memorizar algunos datos indispensables que nos permitirán seguir asentando nuestro conocimiento de la materia. Pero, ¿qué tanto por ciento de debe ser memorizado para comprender? No mucho.

Internet nos permite tirar del hilo a partir de muy poco y el maestro en educación es el que sabe perfectamente cual es ese mínimo indispensable a partir del cual puedes encontrar el resto.

Por ejemplo, uno puede saber a la perfección qué es el volumen. Puede saber que hay distintas maneras de calcularlo y que tiene distintas utilidades ¿Es necesario que memorize también cómo calcular el volumen de una pirámide, un cilindro o un elipsoide? ¿O con saber cómo encontrar la manera en un tiempo razonable ya es suficiente?

Imaginemos ahora un examen de redacción. No es que el niño con internet no necesite saber cómo se escribe correctamente, sino que precisamente al tener internet en el examen, se le puede exigir que apenas cometa errores. Disponer de tal poderosa herramienta hace que el resultado del examen pase a ser binario. O bien te has esforzado en usar la herramienta más potente del mundo o simple y llanamente te has negado a hacer el más mínimo esfuerzo.

Esto introduce un nuevo paradigma en la educación del que hablaré más adelante

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School, a work in progress

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The most fundamental problem with the current school system is that it leaves parents out of the equation. It’s not that parents should be more involved in their kid’s schools. That wouldn’t necessarily improve things, and it could potentially make them even worst —see for example the pandemic of parents asking for more homework, more school hours, more testing and less vacations.

When I tell other parents that we homeschool, they tend to freak out. However, they don’t realize they’re probably homeschooling as much as we do. Every time a parent sits with his child to help him with his homework, every time a kid asks an academical question to his parents, every time the kid is with his parents and learns anything he could learn in the presence of a teacher, we see homeschooling in action. Of course, a parent can’t teach everything, I’m not stating that. What I’m saying is that parenting, as a whole, should have never been discarded as an educational force, specially in regards to the basis of pre-curricular education.

Let’s keep in mind that in all democracies the legal and moral obligation to provide an education for a child leans clearly on the parents side, not on the State. The State helps parents by creating and approving and official educational system. And within, it provides a wide range of schools and methods for the parents to choose from. But if the kids fails to be educated it is the parents, not the State, nor the school, nor the method, who will be held accountable.

Having established the obvious dangers of letting parents run a school, and the fundamental need to let parents pull their educational weight, how should we proceed?

First, the school should relax. It should stop trying to parent kids and it should focus only in the task it was designed for.

For years we’ve heard the cries of schools and principals complaining about parents that neglect to educate their kids in the most basic ways. But nothing has been done. This parents transfer their very own fundamental responsibilities to the school, forcing well trained teachers to spend endless hours parenting their pupils, and thus preventing the school, and the rest of the students, from doing anything else.

If parents are lost, busy or going through a rough time they can be helped by the school in any conceivable way that will not spoil them. Let’s keep in mind that the school only can if parents do.

This would free the school of a tremendous weight, allowing it to focus on the real challenge: getting kids ready and skilled for an unimaginable future. This task alone is of epic proportions and just can’t be done without everyone doing its fair share of the work.

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WORK IN PROGRESS

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El poder de los videojuegos e internet

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Los que vivimos la época de Super Mario y Sónic hemos reflexionado más bien poco sobre el potencial de los videojuegos. Para muchos de nosotros son un pasatiempo que ha ido mejorando en cuanto a gráficos, y poco más.

Todos somos conscientes, por ejemplo, del papel transformador que ha tenido el Cine. Consideramos su potencial educativo como evidente, y sin embargo pasamos por alto que desde el 2009 la industria de los videojuegos mueve más dinero que toda la industria cinematográfica del mundo combinada. Un negocio de estas dimensiones, al igual que antaño el cine, es más que un simple pasatiempo.

Dejadme que ponga un ejemplo: Imaginemos por un momento el impacto que tendría un juego al estilo Call Of Duty pero basado en los acontecimientos de la Plaza de Tiananmen. Un juego en el que los participantes se opusiesen al régimen comunista y tuviesen la misión de derrocarlo. El revuelo que se armaría sería impresionante y las ramificaciones alcanzarían millones de personas. En el mundo pasarían muchas cosas, transformaciones tangibles y profundas, fruto de ese juego. Lo primero que sucedería, por supuesto, sería la inmediata prohibición del mismo parte del gobierno Chino, y lo segundo es que los chinos buscarían y encontrarían maneras alternativas de jugar, acciones que producirían reacciones, que producirían más acciones y así sucesivamente.

Este ejemplo tan tosco debería ser suficiente para hacernos ver que la irrupción de los videojuegos es equiparable a la irrupción de la radio, el cine o la televisión. Con el añadido que estos elementos eran grandes monolitos sólidos, aislados y estables. Mientras que los videojuegos, pese a superarlos de calle, son solo una parte relativamente pequeña de la revolución digital.

Es por eso que la importancia del descubrimiento de internet es comparada por muchos autores con el descubrimiento del fuego. A veces olvidamos que somos la última generación occidental que vivió su infancia sin acceso internet. Nuestros hijos la abrazan con la naturalidad del bebé que siempre ha visto arder una hoguera, nosotros la tratamos con un comprensible recelo, conscientes de que pudimos vivir sin ella aunque hoy lo impregne ya todo.

Hemos dedicado poquísimo tiempo a reflexionar sobre estos temas y nuestra política al respecto ha sido más bien simplona. Aunque queme, internet no puede ser tratado como  un mero substituto de la biblioteca. Una hoguera es mucho más que una manta y nos capacita para hacer muchísimo más que antes. Quizás el primer sitio donde deberíamos empezar a hablar sobre el tema es precisamente aquí, en internet.

Mi experiencia con la lateralidad cruzada

ambidA los 16 años un doctor en neurología me recetó cambiar la mano con la que escribía. ¿El diagnóstico? Lateralidad cruzada.

Debo explicar que el médico, aunque tenía sus ideas, no era lo que diríamos un jipi. Era más bien un ilustre señor con traje y corbata, muy distinguido entre sus colegas y que estaba en lo más avanzado de la investigación neuronal en España y en Europa.

Mis resultados académicos y las constantes quejas de la escuela respecto a mi comportamiento hicieron que mis padres me acabasen llevando a su consulta. Tras varias pruebas y preguntas me explicó lo que me sucedía de la siguiente manera:

La lateralidad cruzada, en términos simples, es cuando la información en tu cerebro viaja por el camino más largo. Es como si intentases conectar dos teléfonos que están uno al lado del otro: la llamada puede ir de un teléfono a la torre de comunicación más cercana y al otro teléfono. O puede ir dando la vuelta al mundo, pasar por los sistemas telefónicos de 53 países diferentes y finalmente llegar al otro teléfono. De esta manera es bastante fácil que se pierda información por el camino, que la señal llegue distorsionada, etc. Eso es la lateralidad cruzada.

¿Por qué escribía con la mano que no me correspondía neurológicamente hablando? Los niños no definen su lateralidad, es decir, no se vuelven zurdos o diestros, hasta hacia los 6 años. Antes de esa edad pueden usar cualquiera de los dos brazos sin que eso signifique nada. En mi caso, de pequeño, algún día debí coger la tiza o el lápiz con la mano izquierda y, a partir de ese instante, los profesores dictaminaron que “este niño es zurdo”. Así, desde entonces, siempre que tocaba escribir me recordaban que era zurdo, hasta que acabé aprendiendo a escribir con la izquierda, pese a ser diestro. ¿El resultado? 10 años de caos.

Diagnosticar la lateralidad cruzada o sus variantes no es cosa de aficionados. No se puede hacer bien antes de los 5 o 6 años y se han de hacer diversas pruebas que llevan varias sesiones. No se trata solo de ver con qué ojo miras o con qué mano te peinas, es un poco más complicado que eso. Ante la duda yo recomiendo ir a algún especialista con vasta experiencia en el tema. Hay médicos que no saben ni lo que es, lo admitan o no. En unas tres o cuatro sesiones de varias horas ya deberías tener el resultado.

Cambiar de mano es relativamente sencillo, sobre todo si vas a la mano que te conviene ir. Hay ejercicios que ayudan a realizar las conexiones necesarias, porque se trata de eso, de que la información viaje por el camino más corto. Al principio parece totalmente imposible pero los beneficios se notan rápido. Yo pasé de ser literalmente el último de la clase a ser el primero, claro que también cambié de colegio y eso ayudó, pero bueno, mi periplo escolar por centros públicos, privados, concertados y extranjeros ya os lo explicaré en otra ocasión.

Homeschooling freestyle, “lo normal”

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Afortunadamente en España no existe una división basada en el método educativo. En los diferentes grupos de socialización a los que asistimos con asiduidad confluyen tanto familias unschoolers radicales, como cristianos, montesorianos, school in a box y todos los adjetivos y sistemas que te puedas imaginar.

Vista esta variedad de maneras de hacer muchas personas nuevas se preguntan –entonces, en el homeschooling, ¿qué es “lo normal”?– Lo normal no lo sé, esa pregunta sería difícil de  responder, pero lo que más abunda es lo que yo llamo homeschooling freestyle. Es decir, nuestro método es o se construye según convenga en ese preciso instante, asunto o etapa. Modificándose en relación a las nuevas necesidades, aprendizajes y cambios que se den tanto en el niño como en el adulto como en el entorno.

Freestyle es adaptar nuestra praxis a los descubrimientos que vamos haciendo y a la realidad cambiante, sin importar si eso nos  sirve solo a nosotros o al mundo entero. El freestyler prueba, experimenta y concluye qué hacer, sin sentirse obligado a seguir ningún dogma y sin acomplejarse por sus decisiones. Si la solución que le funciona es friki, no pasa nada. El freestyler es un animal práctico, para él “lo normal” es lo eficaz. Aplica un método u otro cuando lo considera necesario y prescinde de él en cuanto lo cree conveniente. En este sentido no es leal a un sistema, ni apto para ser soldado educativo. Para él educar es un arte, no una profesión.

¿Cómo se aprende a leer?

READ

Aprender a leer y escribir no tiene demasiado secreto, siempre y cuando entendamos el proceso que desemboca en el aprendizaje. Métodos hay muchos y en este artículo no voy a valorar ninguno de ellos, en lugar de eso prefiero centrarme en asuntos sumamente básicos y fundamentales a los que casi nadie presta importancia.

De todos los contenidos curriculares en los que podamos pensar sin duda toda la atención se centra en lectoescritura y matemáticas. Como escribía en NOSOTROS LOS HOMESCHOOLERS:

Lo que [estas materias] enseñan son más que conocimientos, son la diferencia entre el analfabeto y su contrario. Una especie de salvoconducto social cuya ausencia es totalmente inaceptable en niños, provocando si acaso el más variado catálogo de desaprobaciones y consternación en todas las capas de la sociedad.

Para comprender la lectoescriptura, saltémonos por un momento los miles de libros escritos sobre pedagogía infantil y acerquémonos a ver como aprenden a leer y a escribir los adultos analfabetos de nuestra sociedad.

Lo primero que llama la atención cuando revisamos los materiales aprobados para la instrucción de adultos no es lo que contienen, sino lo que evitan. En primer lugar, la ausencia total de la, en mi opinión infame, letra ligada. Liberando así a los estudiantes de la memorización de un tercer alfabeto que a duras penas se asemeja a lo utilizado en el mundo real.

En segundo lugar, algo también muy llamativo es que se haga especial hincapié en no exigir la memorización del orden del alfabético, ya que se entiende que una vez dominen la lectoescritura casi no les supondrá ningún esfuerzo aprender este orden.

En último lugar, resalta el calendario con el que se trabaja: En apenas 32 sesiones, esto es, 32 horas lectivas, los adultos analfabetos aprenden a leer y escribir y se da el curso  por terminado. No hay de qué sorprenderse, a fin de cuentas un idioma tan fonético como el castellano no tiene ninguna dificultad, simplemente se trata de memorizar las letras y sus sonidos, que viene a ser lo mismo, saber juntarlas y memorizar también unas pocas peculiaridades. A partir de ahí uno está listo para leer y escribir hasta llegar al nivel que quiera.

Por tanto, la pregunta ¿cómo aprenden, niños y adultos, a leer? Puede ser substituída por ¿cómo aprenden a memorizar las letras y el arte de juntarlas?

Cada uno tiene su manera. Al que tenga muy buena memoria o mucho interés le resultará más sencillo. Como en todo, desde ir en bicicleta, atarse los zapatos o tocar la guitarra, el proceso sigue una trayectoria inicial tipo intento>fracaso>intento>fracaso… hasta que finalmente se aprende lo que se está intentando y la secuencia se transforma en intento>éxito>intento>éxito…

Los niños que “aprenden a leer solos” son los que, por la razón que sea, “lo intentan solos” y si fracasan, lo vuelven a intentar. De ahí que un niño sin interés no pueda aprender a leer solo, pero sí que pueda aprender si se le insiste.

El único y mayor problema, es si se le insiste a una edad tan temprana que no esté lo suficientemente maduro. En esto en España somos bastante especialistas y así con el simplón y recalcitrante “cuanto antes mejor” se les exige a niños en pañales que intenten algo que a muchos de ellos les queda grande. Los escandinavos en cambio, no introducen la lectoescritura hasta los 7 años de edad, idea que haría estallar la cabeza a muchos psicopedagogos patrios, y cuando lo hacen los niños aprenden sus idiomas, que de fonéticos no tienen nada, a toda velocidad ¿por qué no iban a hacerlo?