EL TURULUCUTOR Y EL NIRVANA

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Recién regreso de un encuentro repleto de charlas, talleres y actividades y, una vez más, vuelvo junto a muchos otros siendo víctima de un turulucutor. Ese verdugo que allá donde va arrasa sistemáticamente con el tiempo de los demás.

A estas alturas de curso considero de dominio público que los padres homeshcoolers disponemos de muy poco tiempo libre. Nuestra opción educativa apenas nos lo permite, siempre hay algo que tienes que estar haciendo, niños a los que debes atender, situaciones con las que lidiar, etc. Ya lo dicen, que sarna con gusto no pica, pero tarde o temprano a todos nos satisface enormemente tener nuestro ratito libre para nuestras cosas, nuestro espacio de tiempo para uso personal e intransferible, desligado de toda obligación.

En esta ocasión nos encontrábamos un buen grupo de padres, madres y algunos niños pequeños congregados en una sala, como mínimo ochenta personas. Cada uno por su lado todos habíamos acabado decidiendo usar nuestro precioso, escaso y valuosísimo tiempo libre en ir allí a escuchar al ponente. Algunos lo hacíamos por curiosidad, otros porque el tema les parecía interesante, otros no sabían el título pero querían desconectar un rato y ver si tenían suerte con lo que habían escogido a ciegas.

Nada más empieza la charla ya ves que la cosa va a ser calentita. El ponente no repite las típicas doce cosas en las que estamos todos de acuerdo sino que trae ideas diferentes, como si viniese de otro mundo. Puedes estar de acuerdo o no con él pero lo que está claro es que su argumento está muy bien defendido, no es una improvisación, así que a quién quiera cuestionarlo más le vale prepararse para un profundo debate con al menos un poquito de nivel.

El turulucutor interrumpe la charla cuando ya no puede más, es como un niño levantando la mano para pedir hacer pipí, no hace falta que levantes la mano, vas y haces pipí y punto, pero él levanta la mano. Se le da la palabra y suelta sus dos argumentos durante diez minutos que nada tienen que ver con lo que se está hablando. El ponente escucha pacientemente, le da réplica y se dispone a continuar, el turulucutor vuelve a repetir sus dos argumentos durante otros diez minutos. El ponente se queda un poco parado. De las ochenta personas asistentes todos hemos escuchado la réplica que ya le ha dado la primera vez ¿Puede ser que el turulocutor no la haya oído? Se la explica nuevamente, esta vez a un nivel más sencillito. Antes de que acabe el turulocutor le interrumpe y vuelve a presentar sus dos argumentos de P3. Yo me lo miro todo con una sonrisa de William Burroughs. Sabía que esto iba a pasar.

Ante estas situaciones la pregunta nunca es –¿qué está diciendo este hombre?– sino –¿hasta cuando va a estar hablando?– Turulocutores los hay de muchos tipos y niveles. Está el PRO+, que en el turno de preguntas aprovecha para dar una charla él mismo. Después está el PRO a secas, que bien en el turno de preguntas, bien durante la charla, mantiene un largo diálogo con el ponente, como si estuviesen los dos solos en un bar. Después la versión JUNIOR que interrumpe con preguntas socráticas del estilo –¿a qué te refieres cuando dices “una mujer”?– Y por último está la versión KIM JONG IL, que por desgracia es la que nos tocó, y consiste en que el turulocutor tiene dos arengas en absoluto relacionadas con lo que se está hablando y las va repitiendo sin cesar, como si hubiese un magnetófono propagandístico en la sala que nadie fuese capaz de parar.

Así que allí estábamos todos, viendo al turulucutor secuestrar la charla con total impunidad. Mirando cada uno con una mueca diferente, como una comunidad que asiste atónita a la quema de sus tejados. Nuestro tiempo, nuestro precioso y escaso tiempo libre siendo violentamente expropiado ante nuestros ojos durante lo que al final fue como un 40 % de la charla.

Personalmente he realizado diversos experimentos a lo largo de los años y se que ante estas situaciones no hay esperanza. Podrías ponerte a llorar de rodillas en medio de la sala pidiéndole por favor que se calle de una vez y deje continuar al ponente y no lo dentendrías. Nada funciona, yo he llegado a estar de pié gritando a pleno pulmón –¡Cállate! ¡Que no¡ ¡Que no te queremos oír más! ¡Que te calles de una puta vez!– Y tampoco sirve. Es más, estoy convencido que la actuación del turulucutor tiene unas raíces psicoemocionales tan profundas que podrías apuntarle con una pistola en la cabeza y amenazarle con apretar el gatillo si no deja continuar con la charla de una vez por todas y no callaría.

Al final, como siempre, turulucutor y ponente se dan un abrazo, se dan la mano, se lo perdonan todo y tu y las otras ochenta personas os váis a casa con cara de tontos. Ante su aparición en escena no cabe otro camino que entrar en un estado de meditación zen para que su molesta actitud traspase tu organismo mientras asciendes al Nirvana. Si consigues no odiar al turulucutor estarás más cerca que nunca de convertirte en luz y llegar al más allá. Si no lo consigues intenta al menos no cargar con él durante el resto del día, pues como cuenta un famoso cuento zen:

Una mañana dos monjes se encontraron en la orilla de un riachuelo a una mujer que quería cruzar pero tenía miedo a mojarse. Uno de ellos se ofreció a cruzarla aupada en su espalda y al llegar a la otra orilla la mujer se fue sin agradecérselo. El otro monje no se lo podía creer y estuvo quejándose de su mala educación durante el resto del camino. Finalmente al caer la tarde, el monje que la había cruzado, harto de oír a su compañero, le dijo –Yo he cargado con ella al cruzar el río, pero tu llevas cargando con ella todo el día–

Pues eso, ohmmmmmmmmmmmmmmm.

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Author: jescriu

Escritor y realizador de vídeo, padre homeschooler.

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